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Perdido en el aeropuerto de Funchal

Enric Ribera Gabandé

Aeropuerto de Funchal

Los portugueses nos miran mal. Lucen rencillas. Tienen miedo que algún día, tal como dijo el premio Nobel de Literatura, José Saramago, Portugal se una a España, formando un solo país, o que España anexione a Portugal, constituyéndose los dos países en una sola nación hispana.

No se sabe con certeza desde cuando viene esta especie de odio-rechazo que nos muestran los vecinos del oeste de la península. Quizás tenga su punto de partida cuando el tratado de Madrid de 1801, por el que España se comprometía a declarar la guerra a Portugal si éste mantenía su apoyo a los ingleses.

Aunque, quizás el tema viene de más atrás. Lo cierto es que cuando viajé hace unos 12 años desde Barcelona a Funchal (Madeira), vía Lisboa con la compañía aérea TAP para participar como invitado en las fiestas de la vendimia de los famosos vinos de la isla de Madeira, me acordé mucho de los conflictos y enemistades vividas en el pasado por los dos países.

El vuelo tenía su hora de llegada pasada la medianoche. Una vez en el aeropuerto, nadie me estaba esperando con el clásico cartelito rotulado con mi nombre…ni pista del tema. Pasaba el tiempo y nadie acudía a la cita para transportarme al hotel en aquéllas intempestivas horas de la noche. Me predispuse a coger un taxi. No había taxi. Hice lo mismo con las empresas de alquiler de coches. Ninguna abierta. Entre tanto, el pequeño aeropuerto madeirense empezaba a quedarse desierto, y los trabajadores de éste me indicaron que dentro de unos minutos lo cerrarían, con lo que tenía que abandonar obligatoriamente el solitario recinto situado a 21 kilómetros de la ciudad. ¡A la calle!

El problema estaba servido. Por mi cabeza iban desfilando páginas turbulentas de la historia de España y Portugal. Pensaba si lo que me ocurría era fruto del odio que aún nos tienen algunos de los portugueses, o era una negligencia profesional del chófer que debía haberme recogido en el aeropuerto de Funchal.

Se preguntarán. ¿Cómo solucioné la noche perdido entre la solitud? Pues apareció el ángel de la Guarda llamado equipo de tripulación de TAP (mí equipo, con el que había volado hasta el destino), al frente del cual se encontraba el capitán, con el cuál tuve el privilegio de tomar tierra sentado en la cabina de mandos junto a él, en uno de los aeropuertos, por cierto, más peligrosos (entonces estaba considerado el segundo del mundo, después de Hong Kong). Éste, al verme tirado y perdido en el aeropuerto, me invitó a llevarme con la furgoneta de tripulantes hasta el hotel.

Una vez en la habitación, respiré hondo y me acordé del famoso refrán que dice, ¡Dios aprieta pero no ahoga!

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